Las buenas ideas

Las mentes despiertas e inconformistas no suelen dejar pasar oportunidades para crear grandes proyectos durante un viaje en autobús, un paseo, la vuelta a casa, etc.

Normalmente el objetivo es conseguir crear algo, algo nuevo, algo que no exista, y que por supuesto se haga famoso, claro. Y si además se le puede sacar provecho económico, pues mejor que mejor.

Son muchas las ideas, disparatadas o no, que pueden surgir de nuestra cabeza. Personalmente me siento algo frustrado de no poder recordar todas las ideas que he ido pensando y desarrollando a lo largo del día y, que en algún momento he desestimado.

Tras un día de ideas interesantes, he decidido retratar un poco esta sensación, para mí tan habitual.

  1. Normalmente se empieza por algo así como una fugaz y breve chispa en nuestra mente.
  2. Esto despierta nuestro instinto, y hace que la parte “automática” del cerebro comienza a buscar como descartarla por inútil.
  3. Pero a veces, no se descarta. Parace que hay argumentos importantes para respaldar la idea, y la parte consciente de la mente se focaliza en esa idea.
  4. La necesidad de un boli y papel, o algo donde registrar los pensamientos se hace muy intensa en ese momento.
  5. Se empieza a esbozar la idea, ¿tiene sentido realmente?¿cómo funcionaría?¿es fácil de llevar a cabo?¿cómo podría obtener un beneficio de ella?¿alguien la entendería?
  6. Y tras ir contestando a todas las preguntas que se plantean, mentalmente se va definiendo una forma para esa idea. Una forma de materializarla.
  7. Se produce un sentimiento como de iluminación que, por un instante, nos hace sentir que hemos tenido una idea perfecta y genial. Olemos el éxito.

Pero ahora viene el problema. Hasta aquí todo ha ido bien. Hasta aquí todo está controlado dentro de la mente. Pero llega un punto en que la idea original, que ha despertado nuestro interés y ha llegado a hacernos sentir eufóricos, comienza a desvanecerse. Posiblemente por un pinchazo en la burbuja de nuestra ilusión. O por un obstáculo demasiado grande como para planteárselo enserio. O por la certidumbre de que no se dispone de tiempo ni medios para llevarla a cabo.

Y es cuando, esa idea, muere en nuestra mente. Se desvanece.

Tras ese proceso, esos pasos tan familiares para mí, uno se plantea la pérdida de tiempo que le ha ocasionado. ¿Para qué hacer tanto ejercicio mental si al final ni siquiera recordaré todo eso en unas horas?.

Y es que, justamente, ahí está el quid de la cuestión. No deberíamos desestimar nuestras ideas para siempre, o dejarlas en el olvido (aunque no se intencionadamente). Deberíamos plasmarlas, dejarlas apuntadas en algún sitio, esperando una segunda valoración. Esperando el momento adecuado.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *